LA FUERZA ES EL DERECHO DE LAS BESTIAS (FRAGMENTO) / JUAN DOMINGO PERÓN (1958)
LA DEMOCRACIA SE HACE CON URNAS Y NO CON ARMAS.
I. PALABRAS PREVIAS
En este libro deseo presentar un panorama sintético de la situación argentina, mostrando, simple y objetivamente, el reverso de una medalla de simulación, falsedad y calumnia.Frente al azote inaudito de la tiranía oligárquica, deseo mostrar cómo la fuerza, puesta en manos de un grupo de marinos y militares sin honor, puede llegar a ser el mayor peligro para el orden constitucional y la seguridad de la Nación.
Presentar también el triste ejemplo de la Argentina, en la cual se ha despojado al pueblo de sus derechos esenciales, abatido el Gobierno Constitucional elegido por el setenta por ciento del electorado, masacrado a sus obreros y establecido un régimen de terror. Demostrar que yo, en diez años de gobierno, no costé una sola vida humana al país, en tanto la dictadura lleva sobre su conciencia la muerte de millares de argentinos. Que mientras yo preferí abandonar el Gobierno antes de ver bombardeadas las ciudades indefensas, estos simuladores han torturado a numerosos ciudadanos de las decenas de miles de presos políticos, sin causa ni proceso, con que llenan las cárceles.
Deseo asimismo mostrar la verdad de esta simulación, donde un general temulento y ambicioso se nombra Presidente por decreto; luego, por decreto, se declara Poder Legislativo, y asume también, por su cuenta, el Poder Judicial. Cómo estos simuladores de la libertad ocupan con tropas la redacción de los diarios, encarcelando y reemplazando su personal, al día siguiente de ponderar la libertad de prensa. Y muchas cosas más que evidencian la tragedia del pueblo argentino bajo la férula de una banda de asaltantes, bandidos y asesinos.
El tremendo mal que estos hechos arrojan sobre el concepto y buen nombre de las Fuerzas Armadas de la República, no tiene remedio. Sin embargo, no todos los jefes y oficiales tienen la culpa. Por fortuna, el Ejército ha permanecido fiel al deber, salvo casos excepcionales.
Cuando me refiero a jefes y oficiales, lo hago sobre los que faltaron a la fe jurada a la Nación, y en manera alguna a la Institución, que no tiene nada que ver con lo que ellos hacen. Espero, en cambio, la reacción institucional en defensa de los prestigios comprometidos por los ambiciosos que la usaron en su provecho y beneficio personal.
En estas páginas no encontraréis retórica, porque la verdad habla sin artificios. La dialéctica ha sido innecesaria porque la elocuencia de los hechos la supera. Mi elocuencia es la verdad, expresada en el menor número de palabras.
No dispongo en la actualidad de un solo dato estadístico anotado. He recurrido sólo a mi memoria y al profundo conocimiento que poseo de mi país. Por eso he preferido hacer un libro ágil, al alcance de todos, informativo y crítico.
II. INTRODUCCIÓN
El arte de gobernar tiene sus principios y tiene sus objetivos. Los primeros conforman toda una teoría del arte, pero son solo su parte inerte. La parte vital es el artista. Muchos pueblos eligen sus gobernantes convencidos de su acierto. La mayor parte de las veces se verán defraudados, porque el artista nace, no se hace.Sin embargo, los objetivos son claros. El gobernante es elegido para hacer la felicidad de su pueblo y labrar la grandeza de la Nación. Dos objetivos antagónicos en el tiempo. Muchos, obsesionados por la grandeza y apresurados por alcanzarla, llegan a imponer sacrificios sobrehumanos a su pueblo. Otros, preocupados por la felicidad del pueblo, olvidan la grandeza. El verdadero arte consiste, precisamente, en hacer todo a su tiempo y armoniosamente, estableciendo una perfecta relación de esfuerzos para engrandecer al país sin imponer a la comunidad sacrificios inútiles. Es preferible un pequeño país de hombres felices a una gran nación de individuos desgraciados.
Al hombre es preferible persuadirlo a obligarlo. Por eso, el verdadero gobernante es, además de un conductor, un maestro. Su tarea no se reduce a conducir un pueblo, sino también a educarlo.
Así como no podemos concebir un hombre sin alma, es inconcebible un pueblo sin doctrina. Ella da sentido a la vida y congruencia a los actos de la comunidad. Es el punto de partida de la educación del pueblo.
Sobre el concepto armónico de la relación, los gobiernos deben adoctrinar y organizar a las comunidades para conducirlas en medio de la incomprensión de algunos de los intereses de otros. Una legión de aduladores los influenciarán para desviarlos, y otra de enemigos para detenerlos. Esa es la lucha. Saber superarla no es cosa simple. Para lograrlo, el pueblo es el mejor aliado; sólo él encierra los valores permanentes, todo lo demás es circunstancial.
La violencia, en cualquiera de sus formas, no afirma derechos, sino arbitrariedades. Recurrir a la fuerza para solucionar situaciones políticas es la negación absoluta de la democracia. Una revolución aún triunfante no presupone sino la sinrazón de la fuerza. El gobierno se ejerce con la razón y el derecho. Doblegar violentamente a la razón y al derecho es un acto de barbarie cometido contra la comunidad. Recurrir al pueblo es el camino justo. Un gobierno es bueno cuando la mayoría así lo afirma. Las minorías tendrán su influencia, pero no las decisiones, que corresponden a la mayoría. Una minoría entronizada en el gobierno mediante el fraude o la violencia constituye una dictadura arbitraria y la antítesis de todo sentido democrático.
Un flagelo político, del que aún no estamos exentos, son las tiranías oligárquicas producto de la traición de la fuerza, confiada a menudo a la ambición de los hombres. Su destino es siempre el mismo: llegan con sangre y caen con ella, o por el fruto de su propia incapacidad prepotente.
La soberbia de la ignorancia no tiene límites.
Hombres inexpertos, faltos de capacidad y a menudo de cultura, caen pronto en las demasías de la fuerza. No atinan a la persuasión porque la consideran una debilidad. Una legión de ignorantes ambiciosos y venales ejerce el mando. Otra legión de aduladores los rodea y les aplaude para sacar ventajas: eso es un gobierno oligarca
A menudo se cree que una tiranía oligárquica es un gobierno fuerte. El único gobierno fuerte es el del pueblo. El de los oligarcas es sólo un gobierno de fuerza.
La escuela del mando difiere totalmente de la escuela del gobierno. Un militar sólo puede ser gobernante si es capaz de arrojar por la ventana al general que lleva dentro, renunciar a la violencia y someterse al derecho. Generalmente, los gobiernos oligarcas son dictaduras, son masacres y fusilamientos. Es la consecuencia del predominio del derecho de las bestias ancestralmente viviente en la subconsciencia de los individuos que desconocen o desprecian el derecho de los hombres.
Normalmente, esta clase de “tiranías oligarcas”, por ambición de poder y de mando, comienzan, como el pescado, a descomponerse por la cabeza.
Una serie de golpes de Estado produce sucesivos desplazamientos hasta que aparece un Marat, generalmente el peor de todos, encargado por la Providencia para producir el epílogo.
En la tarea de hacer feliz al pueblo y labrar la grandeza de la Patria, el gobierno debe empezar por equilibrar lo político, lo social y lo económico. Las tiranías oligárquicas comienzan desequilibrando lo político con la revolución; luego, en el gobierno, como un elefante en un bazar, lo destruyen todo. Las consecuencias aparecen pronto. El caos se presenta por desequilibrio; entonces el fin está cercano.
Los hombres de las tiranías oligárquicas están siempre “enfermos de pequeñas cosas”. Miran unilateralmente y ven sólo un pequeño sector del panorama. Ignoran que el éxito no es parcial ni se elabora solo con aciertos. No saben que el éxito es un conjunto de aciertos y desaciertos, donde los primeros son más que los segundos. Es que las “pequeñas cosas” constituyen los dominios del bruto. La técnica moderna de la propaganda y la guerra psicológica ha puesto en sus manos un nuevo instrumento: la infamia. Así, estos gobiernos han agregado a la brutalidad de la fuerza un nuevo factor: el de la insidia, la calumnia y la diatriba. Con ello, si han descendido en la fuerza, han descendido mucho más en la dignidad.
La Revolución Argentina del 16 de septiembre de 1955 y su incestuoso producto, la tiranía oligárquica, no han escapado a ninguna de las reglas de esta clase de abortos políticos. Ellos necesitan explicar una revolución injustificable. Como no encuentran en los actos de gobierno ni en las acciones administrativas nada que pueda darle pie a ninguna de sus falsedades, se han dedicado a denigrar a nuestros hombres mediante la calumnia personal. Una escandalosa campaña publicitaria de calumnias y de injurias ha sido lanzada para destruir nuestro prestigio y vulnerar nuestro predicamento en las masas populares. Allí es cuando comprobamos hasta dónde pueden descender los hombres cuando la pasión ciega su razón, el impulso anula su reflexión y la palabra llega a adelantarse al pensamiento. Todo es ataque personal, preferentemente íntimo. Se investiga para la publicidad. No se han ocupado de nada que presuponga las anunciadas irregularidades administrativas. Todo se ha reducido a asaltar y saquear nuestras casas y mencionar lo que poseemos, sin interesarles si es bien o mal habido.
Su afán de sustraer toda investigación a la Justicia demuestra el fin perseguido. Ellos saben que sustraer un juicio de sus jueces naturales es un vicio de insanable nulidad por disposición constitucional. ¿Qué persiguen, entonces, con esas investigaciones inconstitucionales? Simplemente difamar, calumniar, destruir.
En nuestro país no lo conseguirán, porque el pueblo conoce la verdad. En el extranjero es menester explicarlo, porque no se nos conoce. Lo hacemos a través de este libro, aunque para ello debamos “chapalear en la inmundicia”. No siempre nos es dado elegir. Asombra que tanta infamia deba ser comentada; pero, a veces, el corazón del hombre se impresiona con la falsedad cuando no encuentra la verdad para creer.

Comentarios
Publicar un comentario