LA IZQUIERDA NACIONAL / JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ ARREGUI


La izquierda nacional no conformó una corriente ideológica compacta pero quienes la integraron provocaron un cambio mental en amplios sectores sociales, particularmente en aquella clase media que en la década del 60 y 70 comenzó un proceso de nacionalización que la alejó de su pasado familiar antiperonista. 

Los orígenes de la gente que conformó esa corriente de pensamiento provino de distintos lugares, Rodolfo Puigros lo hizo desde el Partido Comunista, pero la mayoría llegó desde grupos trotskistas, influenciados por los escritos León Trotsky desde México, quién desarrolló ideas muy interesantes sobre el anti-imperialismo en un país dependiente. Jorge Abelardo Ramos y Jorge Eneas Spilimbergo, confluyeron desde este sector. Incluso otros, mantuvieron su posición de izquierda desde el mismo peronismo, tal el caso del John William Cooke y el mismo Hernández Arregui. 

Un aporte muy importante realizado por la izquierda nacional está relacionado con el revisionismo histórico, principalmente el efectuado por Jorge Abelardo Ramos en su libro "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina". 

Continuando con los aportes realizados por el nacionalismo primero y FORJA luego, Ramos aplicó el método marxista para estudiar la historia argentina, el resultado fue una lúcida y renovada visión de la historia que se oponía a la oficial. Las masas pasaron a tener preponderancia por sobre los individuos, calificados en héroes y villanos en la versión liberal. 

Ramos también puso a Rosas en su justo lugar, ni dios ni malvado tirano, un hombre que defendió los intereses que representaba, los ganaderos de Buenos Aires, pero que también supo enfrentar con dignidad a los mayores imperios de la época. 

Otro aspecto novedoso, de la obra de Ramos fue que por primera vez la izquierda no denostaba al peronismo, rescatando críticamente las acciones desarrolladas por el gobierno de 1946 a 1955. 

Esta visión mostró los intereses en pugna a lo largo de la historia. Descartando el psicologismo o los antagonismos personales como forma de explicar los hechos históricos. (1)

JUAN JOSÉ HERNANDEZ ARREGUI


Hernández Arregui ha sido uno de los representantes más vigorosos del pensamiento nacional, y sus esfuerzos por compatibilizar su ideología marxista con la propia realidad política de la clase obrera mayoritariamente peronista, implicaron un punto de inflexión y ruptura con las formas de aproximación de la izquierda al peronismo. 

Se asume como integrante de la Corriente de Pensamiento que el mismo denomina “Izquierda Nacional”, adhiere al Movimiento Nacional Peronista sin renunciar al marxismo en tanto método de interpretación de la realidad, por ello insistirá una y otra vez que la izquierda tiene como una de sus misiones fundamentales comprender lo nacional, como única forma de poder transformar esa misma realidad. 

"La formación de la conciencia nacional" fue una de sus obras más importantes, fue escrita entre 1958 y 1959 y editada por primera vez en 1960. Contiene un anexo a la segunda edición que se publicó en 1970. 

Establece que los pensadores nacionales no hacen más que interpretar los estados latentes de las masas… La ficción jurídica de la independencia política, que Arturo Jauretche describe lúcidamente a través del concepto de "estatuto legal del coloniaje", ha jugado un rol sobresaliente en la devastación espiritual de la Argentina a través de la incorporación de modos de ver y experimentar lo social y la nación en su conjunto ligados a cosmovisiones e intereses foráneos. 

Y en este contexto, las oligarquías, amas y señoras de los aparatos de la cultura en el país en complicidad con los intereses del capital transnacional, llevaron a cabo una labor ininterrumpida de azonzamiento de generaciones intelectuales que aprendieron a pensar en francés, a comerciar en inglés y a renegar profundamente de lo propio. 

De espaldas al pueblo mestizo y pobre, sentaron las bases del extranjerismo mental, del universalismo de la cultura extranjera y la constante negación de sus orígenes americanos. Doctrinarios, doctores, funcionarios y escribas a sueldo del extranjero, imaginaron la construcción de Europa en su propio suelo y ejecutaron la entrega del patrimonio nacional, el genocidio de sus habitantes y la desarticulación social cobijada en el mito de la blanquitud como justificación científica de la inferioridad del hombre americano. 

Entregaron la patria sin miramientos, amparados en la moral del librecambio y del progreso. Y así surgió lo de civilizados y bárbaros, que coadyuvó a la formación de una pedagogía colonialista con la que se falsificó el devenir del país y se asentó una política de la historia que impidió cualquier vislumbre de elaboración de un pensamiento propio. 

La dupla civilización o barbarie conformó un cuerpo de ideas poderosísimo para legitimar las acciones de exterminio que la oligarquía argentina ejecutó sobre aquellos sectores ligados al federalismo que entorpecían su proyecto de país agroexportador dependiente. Civilizar en Argentina consistió en desnacionalizar: pensar lo propio como hecho anticultural (la barbarie englobaba toda la herencia hispano-indígena, mestiza, religiosa y pobre) y lo extranjero como hecho cultural por excelencia (la civilización era la Europa blanca, laica rica y culta). (2) 

El análisis de la cultura sin el estudio del fenómeno de la Dependencia, la historia, la economía y el imperialismo, es un ejercicio carente de sentido y es por eso que Hernández Arregui sostiene que: 

“En este trabajo la crítica estética cede a la historia crítica de las ideas. El punto de partida es la consideración de la actividad cultural como ideología, y en especial, con relación a la literatura en tanto personificación encubierta de un ciclo económico” 

“La finalidad es probar cómo esa generación fue instrumento del imperialismo que se valió de ella para reforzar la conciencia falsa de lo propio y desarmar las fuerzas espirituales defensivas que luchan por la liberación nacional en los países dependientes colocados en el cruce de la crisis horizontal y vertical del capitalismo como sistema mundial” 

Hernández Arregui interpela y debate el conjunto de instituciones que estructuran la cultura del país a la luz del problema de la nación atendiendo que: “La conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación.” 

La noción de “conciencia nacional” supone la capacidad política de una comunidad para implementar soluciones a sus desafíos históricos y alcanzar la emancipación de las organizaciones libres del pueblo. Los individuos productores de cultura en su actividad intelectual, acompañan o retardan la formación de la conciencia nacional y la organización política del pueblo para liberarse de la opresión neocolonial. 

Hernández Arregui establece que el proceso de conformación de la conciencia nacional se organiza a través de instituciones como los partidos políticos, la iglesia, las fuerzas armadas, la prensa y las universidades. 

La “conciencia nacional” aparece como resultado de un proceso histórico de avances y retrocesos políticos, sociales, económicos y culturales, que transcurren de manera conflictiva y contradictoria. En dicho proceso de conformación de una identidad cultural capaz de garantizar la independencia política y social del país, coexisten diversas corrientes históricas e ideológicas, incluyendo tradiciones culturales disímiles como el nacionalismo religioso o secular y las ideas de izquierda. 

Hernández Arregui distingue en el universo de ideas y tradiciones dentro de la “izquierda” a dos agrupaciones diferenciadas. Por un lado, a la corriente que podemos llamar europeísta; y por otro, a la que denominó como izquierda nacional que en sus palabras: 

“Concilia el marxismo con la realidad del país (...) por izquierda nacional, en un país dependiente, debe entenderse en sentido lato, la teoría general aplicada a un caso nacional concreto, que analiza a la luz del marxismo, en tanto método de interpretación de la realidad, y teniendo en cuenta, en primer término, las peculiaridades y el desarrollo de cada país, la economía, la historia y la cultura en sus contenidos nacionales defensivos y revolucionarios, y coordina tal análisis teórico con la lucha práctica de las masas contra el imperialismo, en el triple plano nacional, latinoamericano y mundial , y en este orden” (3) 

A la izquierda europeísta, la identificó en el Partido Socialista y el Partido Comunista Argentino. En este marco, aludió a intelectuales y políticos como Juan B. Justo y Américo Ghioldi, a los que vinculó ideológicamente a las acciones de divulgación de la historia oficial de Bartolomé Mitre y de las tesis de civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento. 

En el terreno político, subrayó críticamente los enfrentamientos desarrollados por ambos partidos contra dirigentes políticos populares como Hipólito Yrigoyen y Juan Perón y aludió además, a la tendencia de estos Partidos respecto a la promoción del librecambio en la economía que obstruyó la industria argentina. 

Por último, y cuestión central que los diferencia de la izquierda nacional, Hernández Arregui reveló su incapacidad para denunciar la acción imperialista en el continente. Sobre el nacionalismo argentino, tuvo una posición crítica centrada en el análisis de su incapacidadde vincular la defensa del patrimonio nacional con las luchas populares. Asimismo, señaló prácticas y manifestaciones públicas en contra de los programas de gobierno de contenido popular. 

Pese a estas limitaciones, supo reconocer al nacionalismo argentino rasgos positivos: 
“El mérito cierto del nacionalismo argentino y su verdadero aporte a la formación de la conciencia nacional ha sido su labor historiográfica…, a través del examen crítico de las fuentes, la colación de textos, la exhumación de tradiciones orales y los veneros autobiográficos poco conocidos u ocultos por la historiografía liberal.”
Hernández Arregui reconoce que el nacionalismo promovió la denuncia del imperialismo y la crítica al liberalismo, contribuyendo al cuestionamiento del proyecto neocolonial. (4) 

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA NACIONAL(1930–1960) (5)

PROLOGO

Este libro está destinado a la juventud argentina, que hoy, desorientada, busca un lugar en la
lucha por la liberación, y recordando a Napoleón:“Los jóvenes ejecutan las revoluciones que los viejos han preparado”.  J.J.H.A. / Buenos Aires, 1ºde mayo de 1960 

INTRODUCCION

1

Ya debemos señalar, y el hecho es de vital importancia, que aquí en América Hispánica el liberalismo penetró más que como una ideología progresista como reflejo residual de la Europa colonizadora, un medio de opresión y dominio envasado tras el rótulo de libertad, democracia, progreso, derechos humanos, etc. 

La historiografía oficial, desde Mitre en adelante, no ha sido más que la idealización de la oligarquía por si partiquinos universitarios, y en lo esencial, herramientas de la voluntad dominadora extranjera empeñada en quebrar todo espíritu nacional, mediante el ocultamiento de la verdad histórica. 

2

Si el liberalismo en su ascenso, necesitó ya en el siglo XVIII, de la libertad burguesa a fin de resistir el autoritarismo de la Iglesia, es natural que haya creído, y no sin razón, en la libertad. Estos valores liberales (libertades políticas, de conciencia, de pensamiento, de comercio (contenían los gérmenes de la decadencia del sistema en su conjunto. Las clases sociales víctimas de esas libertades, encontraron en su ejercicio político, el instrumento activo para atacarlas, revisarlas, criticarlas, negarlas. Las ideas democráticas se volvieron contra su creadora histórica, la burguesía, que ahora, dentro de la cruda realidad del capitalismo, debía soportar la crítica sobre su función histórica de clase. 

La misma Iglesia no podía escapar al proceso histórico. Enemiga del liberalismo en tanto ligada al orden feudal de la nobleza, apeló a la burguesía para subsistir. Y su tesis religiosa de la libertad de la persona humana no fue más que una variante, un ajuste teológico, al liberalismo victorioso. 

La Iglesia Católica y el liberalismo, formaron un compromiso hipócrita. La solución política, luego de la lucha liberal contra el absolutismo monárquico, fue el término medio de la monarquía constitucional, sistema a través del cual la burguesía ingresaba al conservatismo santificado por la Biblia. En este período muchos católicos se hicieron liberales y a su vez, estos reconocieron las tradiciones religiosas como cemento del orden social. 

Liberalismo y catolicismo, más allá de circunstanciales disputas, han marchado unidos frente ala amenaza revolucionaria de las clases bajas. 

Este liberalismo, como fenómeno histórico general, fue fecundo y además revolucionario, aunque llevaba en sus entrañas las semillas de la reacción. 

La predicción de Marx sobre la incapacidad del capitalismo para controlar las fuerzas que había desanudado y que condenaban al liberalismo en un determinado momento de su desarrollo histórico, a echar por la borda una libertad que al transfigurarse en lucha de clases no solo negaba, en su antinomia viviente, el concepto mismo de esa libertad, sino que anunciaba su anulación real por el despotismo, revelando simultáneamente, a los idealistas eternos, la contradicción interna del concepto puro, reflejo político de una vida histórica desgarrada en su esencia. Cuando el libre cambio mercantil encontró en Bismark (Alemania) el competidor más peligroso, los liberales abandonaron la libertad a los profesores de filosofía. Es decir, la mandaron de paseo. 

Por su parte, la Iglesia, mantuvo su rasgo más ostensible, que ha residido y reside, en pactar con los poderes temporales dominantes. 

El marxismo niega del liberalismo no su pujanza revolucionaria gigantesca, sino su putrefacción histórica. Es cierto que tanto el marxismo como la actual doctrina social de la Iglesia, son formaciones históricas derivadas del liberalismo. Pero mientras el espíritu conservador intenta mantener con retoques ese mundo, el marxismo busca destruirlo, sin dejar de aprovechar lo que el liberalismo ha significado como progreso irreversible en relación al desarrollo de las conquistas materiales útiles a la humanidad. Esta confusión, no puede extrañar. Está determinada ella misma por las ideologías en pugna. La historia es un enjuiciamiento incesante y no un conjunto de estampas iluminadas. En forma expresa, el marxismo se opone a la libertad burguesa, pero no porque desee perfeccionarla sino para aniquilarla, en tanto el reaccionario se opone a esa libertad del liberalismo para salvarse como burgués, no como revolucionario. De ahí que grupos enemigos, no de la libertad burguesa, sino de toda libertad frente a las clases bajas, se presenten como reformistas o revolucionarios. Tal fue el caso del fascismo. ¿En qué consistía esta revolución? “La Nación italiana (dice la Carta Italiana del Trabajo) es una organización con finalidades, vida y medios superiores a la acción de los individuos que la componen. Es una unidad moral, política y económica íntegramente realizada por el Estado fascista”. Es evidente que semejante programa, no podía desagradar a la Iglesia, menos al liberalismo, que si enfrentó al fascismo no fue por cuestiones éticas, sino por las imposiciones del reparto del mundo planteadas por la guerra imperialista en su forma más sanguinaria. Así como del racionalismo del siglo XVIII devino la Revolución Francesa, su forma jacobina, el liberalismo ha promovido, no sólo el espíritu revolucionario de los trabajadores de Europa sino el levantamiento de los continentes coloniales enteros. Esta antítesis radical, niega toda comunidad ideológica entre el liberalismo y el marxismo. Fue Marx quien enfiló contra el liberalismo su crítica lapidaria. No la Iglesia. 

El resultado de la imposición dictatorial de los precios, la liquidación de toda competencia, el dominio omnímodo de los mercados en su más alta expresión técnica, no sólo mediante el agrupamiento de empresas inter complementadas, sino con la creación de redes comerciales subsidiarias, bancos, sistemas de seguros, transportes, etc. En el siglo XX el comercio exterior, y en consecuencia, la economía interna de un país, están totalmente recogidos por la organización monopólica, que es internacional y que por su extrema condensación, puede llamarse con más propiedad, oligopólica. Pero los oligopolios no suprimen la lucha económica, fundamento residual de la economía capitalista basada en la ganancia. Al contrario, se hace más despiadada. La saturación de los mercados tanto como el afán ilimitado de lucro, sobre la base de los precios más bajos, siempre asociados al adelanto técnico, desata una lucha indetenible. 

El poder económico acopia su propio poder político y cultural. El Estado es la forma abstracta, en tanto el Estado mismo es el sistema, su reflejo ideal, que se convierte en fuerza real, en guerras. La exportación de capitales es propia de los países con su economía interna sobre saturada. La onda expansiva se extiende a aquellas zonas geográficas donde la materia prima y la mano de obra son baratas, y por tanto, favorables a una explotación intensiva con ganancias seguras a costa de la miseria de millones de seres. 

Los monopolios internacionales, al comprar las materias primas de las colonias, dictan los precios más bajos, y a su vez, con relación a los propios productos industriales fabricados con esas materias primas, los más elevados. De este modo las colonias con sus sistemas de monocultivo, no pueden superar el nivel de miseria impuesto por el imperialismo. El levantamiento de los puebles carece hoy de fronteras. La internacionalización de la economía internacionaliza las luchas nacionales. Y estas luchas, aunque formalmente sean nacionales en sus contenidos particulares, son mundiales por sus fines. Tal lucha se cumple en dos frentes, contra el imperialismo en general y contra las oligarquías nativas opresoras ligadas al imperialismo en particular. Clases nativas económicamente dependientes y culturalmente corrompidas por el colosal aparato ideológico de los monopolios mundiales. Esta política imperialista en los países coloniales, se vale de las ganancias residuales del sistema para plegar a su órbita, no sólo a las oligarquías vernáculas, sino a determinados sectores de la clase media, especialmente la pequeña burguesa comercial e intelectual (periodistas, profesores, etc) La conciencia antinacional de estos grupos es alimentada con las migajas repartidas por el sistema mundial de poder. Así, los partidos de izquierda pasan a integrar el sistema, a través de sus intelectuales, y detrás de su algazara progresista, son en realidad, brotes degenerados del liberalismo. 

La lucha por la liberación nacional en estos países, se asocia siempre a la lucha por la industrialización. Este conjunto de causas interrelacionadas agudiza el antagonismo entre las oligarquías agrarias y la naciente burguesía industrial 

La radicación de maquinarias, a su vez, desata el interés imperialista al acecho por controlar los nuevos mercados coloniales en expansión relativa y la lucha por dominar las líneas de la industrialización en un doble sentido: mediante el abastecimiento del mercado interno con nuevas plantas industriales, manteniendo al mismo tiempo a esos países, en las condiciones de zonas productoras de materias primas (nota: división internacional del trabajo) 

Por su parte, la lucha de las masas contra sus enemigos internos y externos, sólo puede resolverse mediante el establecimiento de regímenes autoritarios, con el control de las exportaciones y medios de propaganda, con el apoyo estatal al movimiento popular y la participación del Ejército, en esta política nacional defentista. Tal es el caso de Nasser en Egipto, con su antecedente el gobierno de Perón en la Argentina. El capitalismo nacional, aún débil, en una etapa de la lucha por la liberación, debe ser apuntalado por el capitalismo de Estado y la política de nacionalizaciones, único medio de protección para las todavía endebles estructuras económicas locales. Frente al capitalismo monopolista internacional, la sola valla es el monopolio estatal, que además contribuye al disloque del mercado capitalista mundial al sustraer zonas de influencia a la explotación internacional de las grandes potencias. El caso de Fidel Castro en Cuba, no hace más que repetir en un país del caribe, las experiencias nacionales de este tipo representadas por Perón en la Argentina y Nasser en Egipto. 

La ilusión de que el imperialismo puede “humanizarse” y contribuir al progreso de determinadas colonias, la política del “buen vecino” del “buen socio”, etc., creencia común a determinados sectores de la pequeño burguesía, es un embaucamiento controlado por la propaganda, pues como decía Marx: “Los límites del capitalismo están dados por el propio capitalismo”. Esta tendencia a idealizar al imperialismo, de entenderlo como filantropía, es propia de la intelectualidad pequeño burguesa, especialmente la universitaria 

4

Decía Lenin: “La desesperación es propia de las clases que perecen”. 

Cristina de Suecia (una reina) lo vio con realismo: “Hay que temerles a los que nada tienen que perder si tienen corazón”. 

5

La formación de la conciencia nacional está estrechamente vinculada a esta evidencia posterior a 1930, en esa década nace la conciencia histórica de los argentinos. Cuando un país no ha logrado aún su autodeterminación nacional, pero está consciente de su necesidad, asiste al despliegue conjunto de sus fuerzas espirituales. Este hecho es la resultante de una realidad material: la opresión imperialista, con su reverso, la lucha por la liberación nacional. 

Treitschke dijo: “Lo más grande que le puede acontecer al hombre, es sin duda, defender en su propia causa la causa general. 

Comprender el pasado es tomar conciencia del porvenir. El peronismo o el antiperonismo en la Argentina existían antes de Perón (nota: los dos países en pugna desde 1810, el librecambista portuario, y el proyecto nacional). El saladero dio una sociedad de hacendados y gauchos, la chacra una sociedad agraria e industrial incipiente, la industria moderna una Argentina revolucionaria, conciente de sus fines, pese a los parciales eclipses provocados por las fuerzas que resisten al desarrollo nacional. La conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. 

6

El 17 de octubre de 1945 quedará en la historia de la Argentina como una fecha cumbre. Terminaba una época de humillación y advenía la nación frente al mundo. 

El fracaso de la democracia liberal, el fraude de la oligarquía, la entrega del país al imperialismo británico, crearon el sentimiento en la oficialidad argentina de la independencia económica. 

Correspondió a Perón unir al Ejército con el pueblo. La síntesis significó que por primera vez en la historia argentina, fue posible sacudir el yugo del coloniaje. 

El imperialismo angloyanqui se ha repartido la Argentina desde Salta a Tierra del Fuego. Y así, la Argentina, soberana ayer, es hoy mercado africano y zona de reserva militar, el Medio Oriente de América Latina. 

REFERENCIAS




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